viernes, 26 de marzo de 2010

El horizonte.

Una cantidad de arena descomunal antes de llegar hasta la fresca agua salada de ahí delante. Detrás de mi está la valla metálica, y detrás, más dunas de arena plantadas de pinos y otros arbustos resistentes a la sal, y al sol. El tacto de la arena es tan efímero como mi presencia aquí. La luz que irradia sobre mi cuerpo, lo calienta, y calienta todas las cosas que hay dentro de él.

Al poner las palmas de las manos sobre la arena tostada, me queman durante unos pocos segundos. Al momento, la sensación es bienestar. Si todo lo que quema se evaporara tan fácilmente.

Una brisa me recuerda para qué estoy aquí. Para estar bien.

1 comentario:

Unknown dijo...

... quiero ir a la playa :( ...