domingo, 29 de agosto de 2010

mirando arriba

De repente miré por la ventana, y como si nada, tomé todos mis trastos y el trípode con sus ejes y los coloqué en posición de observar. Sin pensarlo dos veces, cogí mi lente de 4 mm y la coloqué en su soporte. La inclinación del telescopio, los tornillos que sostienen las lentes, y las manivelas (rugientes por la falta de uso y de aceite), todo eso, tomaba su posición correcta bajo mis manos como despertando de un letargo, una afición dormida que renacía de la nada, pero que nunca se olvida.
Miré por la mirilla y me di cuenta, a mi pesar, de que estaba rota, y de que no podría mirar nada a través de ella por mucho que girara el tornillo de posicionamiento. Sabiendo de sobra que no conseguiría enfocar aquel pequeño punto con la lente de 4 mm sin la ayuda de la mirilla, la cambie en dos segundos por la lente de 20 mm. Dos movimientos arriba y abajo, y conseguí verla a través del tubo. Podía verla más grande, pero, como bien sabía, no era suficiente para mi. Antes de que el movimiento de la tierra la hiciera desaparecer de mi pequeña ventana para mirar, cambie de nuevo a mi lente de 4 mm. Miré, y sólo había un borrón. Giré la rueda para enfocar, y allí estaba.
Mi venus.
Como una enana luna menguante. Aunque yo sabía que en realidad estaba en fase creciente, pero mi telescopio es así, le da de vueltas a todo.
Así pues, venus se encontraba cientos de veces más cerca, entendiendo así que no era simplemente otro punto más de luz allí arriba. Hacía tanto tiempo que no sentía esto... Pude parecer un poco tonto, observando aquel enano objeto descender por el horizonte.

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