Un niño miraba el manzano, y se preguntaba quién habría decidido podarlo de aquella forma tan esbelta, dejando un tronco alto y desnudo, alejando del suelo la copa, las hojas, y las manzanas. "Desde aquí abajo, jamás podré alcanzar ninguna", se decía, queriendo poseer una de esas rojas de las ramas más altas. Se lamentaba, al ver que las manzanas se pudrían antes de caer, o eran comidas por pájaros y gusanos. Y así deseando esperó sentado, soñando por las noches con el sabor que él se imaginaba que tendrían esas frutas.
Hasta que un día, se quedó fijamente mirando una manzana que se contoneaba en lo alto, tal vez por una racha de viento traidora, o tal vez por algún otro impulso más misterioso. Y de repente, la manzana trazó limpiamente el recorrido que había desde su lugar de nacimiento, hasta el suelo, dejando como residuo un apagado "plof". Entonces el niño se acercó, y la recogió. La miró en su mano, y poco después la mordió, y la saboreó en su boca.
Durante sólo dos segundos, sintió dulzura en el mundo salida de su paladar. Ponerle el pause a todos los demás torbellinos, y escribir una nota a pie de página, en tan solo dos segundos. Había descansado de tanta tensión acumulada en sueños, y ese descanso, sabía, le duraría por un tiempo.
Por supuesto, la manzana en seguida desapareció entre sus dedos como vaporizada. Sabía que aquello estaba prohibido, pero le había robado al destino un bocado a la vida. Y por ello, nunca se arrepentiría.
domingo, 13 de febrero de 2011
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

2 comentarios:
Está muy bien escrito, y da que pensar. Te felicito
Gracias, xD. Así me siento, como un niño esperando a que caiga alguna manzana para mi...
Publicar un comentario