El olivo en lo alto de la colina hacía sombra a mi cuerpo, que reposaba acostado sobre hiervas silvestres. El sol lo alumbraba todo y dotaba al aire de una temperatura perfecta. Podría bajar de la colina, dirección al este, y sin dejar de pisar hierva, tierra fértil y arena durante kilómetros, podría llegar al mar y zambullirme en él. Por ahora, me conformaba con mirarlo desde aquí. Verlo, el mar, todo él. Y también una extensa pinada al norte de aquí. No sabría decir cuántos árboles habría, pero sí que una ardilla podría saltar de uno en uno y morir antes de alcanzar el último. Huertos de todo rodeándome, invernaderos de ñoras, y sombras. Mi casa se encontraba a media hora a pie de aquí, si me esforzaba en llegar puntual para la comida del mediodía. Lo recuerdo todo visceral, más auténtico que cualquier otro recuerdo, y absolutamente feliz. Tal vez sea porque es un recuerdo viejo, y yo vivía mi juventud plenamente entre la arena y el sol.
Hacía tiempo que había abandonado mi hogar de niño, y aquel olivo donde descansaba bajo su sombra. Pero volví, andando medio cojo ayudándome de mi bastón por el mismo suelo por donde antes corría sin percibir el cansancio. Pisaba asfalto, y hacia arriba había más cemento que cielo. La luz y las sombran dejaron sitio a la sombra y un aire asfixiante, denso y letal como el humo. Los edificios y neumáticos invadieron la tierra donde había hierva, y donde había raíces ahora hay alcantarillas. Seguía mi lento paseo, casi esperanzado en encontrar tras la siguiente esquina aquel bosque de pinos que se perdía en el horizonte. Poco después de tener ese pensamiento, se elevó ante mi el suelo, creó una pendiente hacia arriba en el camino, que llevaba hasta un olivo, que aun hacía sombra, en medio de un parque de bancos donde sentarse y columpios. El plan urbanístico había salvado de la extinción el olivo donde yo me acostaba a descansar. Qué enorme y triste casualidad. Con esfuerzo, ascendí la antigua colina por un camino adoquinado de gris, llegué hasta el olivo, que estaba rodeado de arena falsa y más adoquines. Lo toqué. Lo percibí viejo y cansado, mucho más viejo y cansado que yo. Miré hacia el mar, pero había desaparecido.
Donde antes estaban todas las cosas que yo apreciaba, ahora había dueños de terrenos que ya no tenían terrenos, pero eran ricos, había un pueblo que ya jamás volvería a pasar hambre ni pestes, había un supermercado, muchos bares y restaurantes, unos alcaldes ya retirados, aun más ricos y corruptos, una inmobiliaria internacional que tenía tanto dinero como el resto de la ciudad, si no más, además del poder y el control, coches, estrés, y hogares provistos de la última tecnología.
No somos tan listos como para tenerlo todo.
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2 comentarios:
Cuanta razón tienes
¡Que razón que tienes! Muy visceral. Me gusta sentarme bajo un arbol cerca de casa a leer, en un parque que tengo a 5 min. de mi casa, me gusta su olor, su unión con la naturaleza. Hace que sienta que formo parte de ella. Hace un tiempo volví al lugar donde viví mi infancia. Todo parecía a mis ojos mas pequeño, mas estático, de repente sin llamar a la puerta asomaron frente a mi, miles de recuerdos... unos buenos, otros no tan buenos...
silvia
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